domingo, 13 de marzo de 2016

La ronda



Y es ahora, en esta noche, que yo te veo bailar y tú a mí. Es increíble que con tantos encuentros y salidas previas no hubiéramos bailado un solo minuto. Abrazos, besos y todo lo demás cumplieron su función natural antes de este ritual clásico de seducción. Pero ahora, tú y yo aquí, juntos, bailamos en esta gran reunión social. Todos en el grupo de amigos observaron cómo te saqué a bailar, cuchicheando y reafirmándose en sus sospechas. Las sospechas que siempre engendra lo nuestro, tan volcado a lo discreto. Pero, ¿quién puede contra el amor, aunque este sea furtivo, ajeno a las miradas del prójimo?

¡Qué carajos importa lo que piensen los demás! Tú y yo, en cambio, gozábamos de breves minutos de entrega dancística. No importa lo que tocasen, ya ni quiero acordarme, me acuerdo de la calidez de tu cercanía en medio del fuego de la fiesta. Todos haciéndonos la corte, nosotros celebrándolos a ellos.

Y luego, todo se transformó en una ronda. Nuestros cuerpos fueron separados, nuestras manos tomadas por manos ajenas, pero nos veíamos. Pude ver cómo girabas así como yo, tu rostro sonriente, la mirada cómplice. Cada 360 grados volvía a observarte y tú a mí. Tu gran sonrisa y tu mirada intensa desbordaban mi ser, yo te devolvía con igual pasión lo que me provocabas. ¡Con cuánta gracia se deslizaba tu cuerpo! ¿Quién giraba en torno a quién?

En eso, nuestros teléfonos sonaron. Nos esperaban en casa y debíamos cumplir la rutina de siempre: ir a cumplir con el oficio de respetar los sacrosantos compromisos familiares. Nos dimos el beso mustio de la frustración, esperando que la próxima vez no sea tan corta la ocasión.

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