jueves, 17 de diciembre de 2015

Escatológica


Cuando el remolino del devenir anuncia el gran evento
entonces las alarmas de la caverna
que gobierna el cosmos
hacen prever un cataclismo
que afectará todo lo existente.

No serán suficientes los llamados al orden
esos intentos de secar la lava
con un vaso de agua
o parar los efectos del asma de la materia
con una respiración oxigenante del alma.

El revoltijo de los acontecimientos vendrá
como una gran y ciega voluntad
desde más allá de lo sensato
y ocasionará la muerte del fuego
hasta la próxima astucia de Prometeo.

martes, 24 de noviembre de 2015

Tristeza ajena


Así pues, en medio de la estación, te he encontrado a ti, respirando soledad. Cualquiera que sea el motivo, es claro que una pena te agobia. Y yo te entiendo. Créeme que te entiendo. Tu mirada perdida en el horizonte, tu rostro brillante por los restos de una lluvia interior, no hacen sino resaltar tu dulce piel. Hermosa apariencia, que ya no puede (ni quiere) seguir ocultando un alma destrozada, y renuncia a seguir fingiendo.

Palabras suaves las que pronuncias, que se pierden en el aire, al compás de lo que escuchas desde tus auriculares. ¿Música para recordar y no morir en el intento? O tal vez sea la voz grabada de alguien amado, llena de promesas de futuro en estado de suspensión. Los sonidos que brotan de tus labios emanan una triste y dulce sencillez, que encierra un profundo anhelo de trascender.

En tu gesto suplicante, tal vez pidiendo olvidar a gritos, me doy cuenta que existe una grandeza que merece ser narrada por un mejor escritor. Mientras llega ese momento, múltiples trenes pasarán, dispuestos a llevarte al destino que elijas. Yo solo te miro y admiro tu valentía, que te permite enfrentarte al que dirán con la fuerza de la ternura. Desde mi propio desconsuelo, te abrazo con la mente.

viernes, 30 de octubre de 2015

Ave que dudas en escapar de tu jaula


Ave que dudas en escapar de tu jaula cuando esta se abre, sé que ya no deseas seguir en ella. Pero buscas un horizonte seguro en tu futuro y, al no tenerlo, vacilas en quedarte o emigrar.

¿No sería acaso más valiente arriesgarse y volar al infinito, más allá de lo permitido por tu actual encierro? Si tan solo te atrevieras a extender tus alas blancas... ¡brillarías como un pájaro de fuego! 

Al fundirte con los vientos, créeme, alcanzarás dónde construir tu anhelado nido. Ahí, podrás fecundar lo mejor de tus posibilidades, en un árbol que sólo caerá por el designio de la naturaleza.

martes, 29 de septiembre de 2015

Elegía del vencido


Derribadas las murallas que me daban seguridad, destrozados los cuarteles que protegían mi dignidad, hoy sufro este estado de sitio. En medio de tanta zozobra, causada por espíritus verdugos que destruyen todo lo que amaba, me sobreviene la certeza de que el universo sigue existiendo, pero con completa carencia de significados. Y mi mente, testigo de mil horrores y sufrimientos, experimenta la reducción a lo sensible, sin posibilidades de interpretación optimista de lo venidero.

Ahora estoy preso. Cautivo de mis propias carencias y debilidades, he sido condenado a una vida sin meta disfrutable. Ya alguien me recordó, pretendiendo consolarme, que mi pena no será para siempre, que en algún momento seré liberado de este sufrimiento. Pero, ¡oh desventura!, fuera de la vergonzosa reclusión, sería condenado a algo peor: al alejamiento absoluto de mis ideales.

Cuando salga de aquí, los poderes establecidos me vigilarán y bloquearán mi derecho a ser feliz, disponiendo mi retiro a responsabilidades exclusivamente caseras. Entonces, empezaré a morir lentamente, pues ahí donde la (in)justicia constriñe a la inercia de lo doméstico, sin aventuras ni pasión, ahí mismo se empieza a recorrer el camino del eterno paréntesis. Lejos del fuego de la lucha, que encendía mi alma y daba sentido a mi existencia, deberé experimentar mil trabajos y vicisitudes desagradables, que solo me harán echar de menos la calidez originaria de la vida heroica.

domingo, 27 de septiembre de 2015

La utilidad de lo vacío


Empezaron por cuestionar las materias menos populares. De esa forma, lanzaron la pregunta con mayor posibilidad de tener la respuesta que esperaban: "¿Para qué sirve la filosofía?". De inmediato se discutió en todo el país y, como era de esperarse, llegaron a la conclusión de que la filosofía no servía para nada. En consecuencia, anularon la materia por aclamación popular. Era clarísimo que un curso que ayudase a tener una visión autocrítica era innecesario en un pueblo de gente con una fe inquebrantable.

Más tarde, a alguien se le ocurrió el primer exterminio masivo de cursos, un verdadero ideologicidio. Preguntó: "¿Para qué sirven las ciencias sociales?". Llevado el caso a debatir, resultaba evidente que ninguna materia que involucrase relatos sobre posibilidades de mejora colectiva, como la historia, la psicología, la geografía o la economía (la aburrida economía), tenía la suficiente credibilidad para ser aceptada. ¡Mejor ir a contarse relatos en los partidos políticos, o a transformarlos en chismes de barriada! Entonces, dicho y hecho, se anularon esos cursos de la currícula.

No pasó mucho tiempo antes de que se oyeran voces que preguntaban: "¿Para qué sirve leer?". Es que, en verdad, parecía una pérdida de tiempo, habiendo tantas urgencias en el mundo, dedicarle ociosos minutos a explorar el contenido de los libros. ¿Para qué, si ya todo estaba en internet, accesible desde metabuscadores? Efectivamente, muchos (sobre todo los más al tanto de los avances tecnológicos) estaban convencidos de que la proliferación de libros, que fue la base de la civilización pre-digital, actualmente estaba obsoleta, que era mejor contar con sus versiones virtuales, algo que permitiría el rápido copiado y pegado de textos, y garantizar lo único que era importante: la presentación de trabajos con un bonito diseño, aun cuando el contenido no fuera tan novedoso, y que incluso muchos de esos trabajos eran plagios. Es que, hoy en día ya no hay nada nuevo bajo el sol. Es así que se exterminó de la lista de cursos a la literatura y al razonamiento verbal. Fue el segundo ideologicidio. La masa festejó una nueva victoria de la sociedad pragmática.

Poco a poco los cursos eran más extensos, ya que no había demasiadas materias con las que copar los horarios de escuela, y los padres no estaban dispuestos a dejar que sus hijos llegaran más temprano a su casa. De la desaparición de la filosofía, las ciencias sociales y la lectura en las aulas, prosiguió el exterminio de las ciencias naturales, consideradas algo absurdo. Habiendo tanta naturaleza fuera, ¿para qué insistir con estudiarla entre cuatro paredes? Además que resultaba peligroso hacer experimentos en clase. Luego, continuó un lento exterminio de los contenidos matemáticos. Fue todo un debate, el momento más polémico del proceso, porque la gente no tenía muy claro que fuese inútil hacer cálculos. Sin embargo, llegaron a la conclusión de que sólo bastaba con saber sumar y restar para dedicarse a trabajar, y que ello puede aprenderse de manera autodidacta.

En suma, los grandes planificadores de la educación decidieron que todo lo desarrollado en la escuela había carecido de sentido siempre. Promovieron que una vida plena y carente de tensiones empieza dejando de exigir el aprendizaje obligatorio de las ciencias. Decretaron entonces la conversión oficial de las escuelas en centros de entretención del menor de edad. Su lema en ese sentido fue: aprendemos mejor si somos felices, pero si no aprendemos, al menos permanecemos felices. Los profesores nunca estuvieron más cómodos, ya que lo único que tenían que practicar era buenos chistes para mantener contento al público estudiantil. Y los padres sabían que al fin y al cabo, estaban comprando tranquilidad en sus casas con la ausencia de chicos que ellos no sabían controlar. Ya luego, cuando sienten cabeza, se preocuparían por incorporarlos a sus propios negocios.

En medio de tanta algarabía, nadie presagió lo que iba a suceder. Una noche, un alto representante del magisterio despertó con una duda: "¿Para qué sirve pensar?". Esto, sumado al hecho de que el mencionado representante hacia gala de una honestidad brutal (en realidad, más bruta que honesta), fue suficiente para que él llevara su duda a discutirla a las sesiones del ex Ministerio de Educación, hoy Ministerio de la Felicidad. Era esperable lo que iban a concluir: pensar no sirve para nada. Es más, era hasta pernicioso. Antes de emitir su decreto, y para evitarse discusiones sobre lo que para ellos era obvio, también establecieron la inutilidad del tener sentimientos e ideales en la vida. Nuestro tiempo, afirmaban convencidos, había revelado el completo sinsentido de toda actividad espiritual. Se decretó pues la afasia del alma. Prohibido pensar, hay que priorizar el producir sin descanso. Fue así que sobrevino el trágico final: todo pareció retroceder en el tiempo, el escepticismo destruyó toda estructura compleja de las mentes. Cuando por fin se hubo logrado la desaparición de todo esquema de pensamiento, los hombres ya no pudieron celebrar. Su felicidad se volvió mera alegría o respuesta de agrado, y la única manera que encontraron para canalizar esa emoción fue con lindos saltos de mono.

martes, 22 de septiembre de 2015

Melancolía friki


Te he buscado de nuevo, porque te volví a necesitar. Recuerdo que, cuando te tuve, me diste una experiencia que no tuve antes. Pero es inútil: estás inaccesible, y eso me duele bastante. Lo peor, es que yo fui quien cometió el error de alejarte de mi vida. Ahora, pago las consecuencias.

Todo este tiempo estuve buscando alternativas a lo que viví a tu lado. He sido optimista, pensando: un clavo saca otro clavo. Obligué a mi mente a recordar de que la realidad es fluir, y si tú ya no estás para mí, pues vendrán realidades nuevas a satisfacer mis necesidades del presente.

No ha faltado quien haya querido reemplazarte. La verdad, no necesito ni buscar. Las posibilidades se me aparecen espontáneamente, dispuestas a darme compañía y el apoyo que deseo. Y yo, pues, siempre estoy en la disposición de vivir mejores momentos que los que tú me diste.

Pero, ¡qué frustrante ha sido todo hasta ahora! Las nuevas experiencias no son tan buenas como las que tuve a tu lado. Contigo todo funcionaba de maravillas. Hoy, sólo saboreo alegrías mediocres. Estando con tus reemplazantes, no puedo evitar las comparaciones contigo. Me doy cuenta de que no soy como antes. Mi productividad ha decrecido, me falta tu presencia para impulsar mi inspiración.

Día a día, vuelvo a buscarte y sigues inubicable. En el límite del delirio, incluso sospecho que has cambiado de nombre, alterado tu identidad para que no pueda hallarte. Reconozco que te subestimé, y me arrepiento de haberte tratado de esa forma. Nunca sospeché que desinstalarte de la carpeta de programas iba a originarme tanto pesar... ya no se hacen aplicaciones de internet como tú.

viernes, 24 de abril de 2015

La Corporación


El día que lo iban a despedir, Fidel se bañó apresuradamente y, arreglándose a la volada, salió del edificio, que lo escupió a la calle. Ya suelto en el desagüe urbano, llegó rápidamente a su paradero donde tomó una mototaxi. Llegó a tiempo. Fidel se alegró el haber superado sus tardanzas pasadas, algo por lo que estuvo a punto de ser sancionado por sus jefes.

Él trabajaba en La Corporación, expresión usada tradicionalmente para designar al Instituto de Emergencias y otras Necesidades, que, según la publicidad, es una “reconocida compañía médica con una trayectoria de más de cuarenta años al servicio de los más necesitados y la población en general, y que cuenta con los mejores médicos y enfermeros de la ciudad”. A Fidel, que era enfermero de profesión, le gustaba el perfil progresista de La Corporación, y creía que su salario relativamente bajo era pasable en la medida que al menos le garantizaban un empleo estable, como en ningún otro lugar del Perú.

Empezó su jornada temprano, su papel en sala de emergencias le hacía testigo de muchas tragedias humanas, pero curiosamente le causaban menos tensiones que las recientes llamadas de atención que había recibido. Últimamente le observaban todo: desde su manera de vestir hasta su actitud a los pacientes. Un día, uno de ellos se quejó porque Fidel "lo había mirado mal" y tratado despectivamente. Aquella vez, le impusieron un memorándum haciéndole recordar que "los pacientes eran la razón de ser de La Corporación".

Lo extraño es que, en su incomodidad por la presión extrema, Fidel observaba que el resto de sus compañeros de labor cometían arbitrariedades el doble de graves que de lo que lo acusaban. ¿A ellos también les presionarían y reprenderían? ¿O es que había un especial interés en que él (justamente él) sintiera el poder de La Corporación? Junto a esas reflexiones, venían recuerdos relacionados con ciertas críticas que en alguna oportunidad deslizó sobre la precariedad de su paga. ¿Sería desde aquella vez en que La Corporación lo miraba con malos ojos?

Pero Fidel se había esforzado en ser leal. Muchos de sus compañeros decían de él que, a pesar de que no era muy conversador y más bien se mostraba aislado, se notaba cierta seriedad en su labor. Que era una pena que hubiese acabado como acabó, ya que la manera en que lo despidieron estaba creando zozobra entre los demás integrantes por su propia estabilidad, algo que en La Corporación no estaban teniendo en cuenta. Fidel había corregido cada una de las falencias que le observaron, claro que aparecían otras dificultades, pero también las iba corrigiendo en cuanto era consciente de ellas. Nada hacía prever lo que le hicieron.

A las 9 y 30 de la mañana del día que lo despidieron, Fidel estaba atendiendo a sus pacientes, cuando lo llamaron de la oficina de Recursos Humanos. El encargado de dicha área, que siempre esbozaba una sonrisa muy afable a todos sus dependientes, esta vez estaba acompañado del Director General. Fidel pensó que al fin iba a recibir el aumento de salario que tanto había anhelado con paciencia. Pero lo que recibió fue el siguiente informe:

Señor Fidel, queremos informarle que en la etapa que usted nos ha apoyado hemos podido observar problemas en su desempeño. Los pacientes se quejan de que usted no los trata con paciencia. Además, sus compañeros afirman verlo aislado e inseguro, que usted no se integra a ellos. Además, nos informa la Dirección Administrativa que usted ha estado aquejado por tardanzas frecuentes completamente incompatibles con lo que necesita la Corporación.

Imposible, él ya había corregido todo eso. Fidel notó que se estaban agarrando de viejos problemas para tomar una decisión que estaba más que cantada. Qué aumento de salario, qué mejora de condiciones, lo iban a botar como basura. Mucho tiempo después, ya en otras circunstancias más favorables, recordaría la cara de perro del Director General (frente a la cual la del Jefe de Recursos Humanos parecía la de un sumiso pelele), que finalmente le dijo lo ya supuesto:

Es por eso, señor Fidel, que hemos decidido ponerle fin a nuestra relación laboral con usted. Hemos sido tolerantes con usted pero lo suyo ya traspasó los límites. Ha puesto en riesgo constante la imagen de la Corporación y por ello estas son las consecuencias.

El Director General, a quien Fidel no dejaba de ver como un perro fiel a quienes le pagan, mordedor de cualquier gesto de dignidad que le quede a cualquiera en el trabajo, no pudo ser más claro de la voluntad de La Corporación. Y el de Recursos Humanos, a pesar de ser consciente de sus avances, seguro no iba a decir nada en su favor. De nada sirvió que Fidel defendiera sus progresos, eso no había sido registrado, o que argumentase sobre su contrato estable, eso sólo era una ficción. Él simplemente se iba y punto.

Fidel supuso que todo este ritual lo harían con todos los despedidos que recientemente habían sido purgados de La Corporación. Se imaginaba minutos más tarde, saliendo con sus cosas e implementos guardados en el local del Instituto de Emergencias y otras Necesidades, con el alma quebrada aún más que sus bolsillos, desahuciado por su disconformidad. Todos sus compañeros declararon que no sospechaban que su salida iba a ser el comienzo de una larga serie de despidos que, con el amparo del sistema laboral peruano, iba a quitarle todas las caretas populistas a La Corporación. Ésta ya había hecho un buen dinero a costa del pueblo, pero ahora planeaba ponerse al servicio de las clases pudientes.

Mientras tanto, Fidel nadaba por el gran desagüe urbano, liberado en medio de la incertidumbre. A pesar del mucho brillo solar, se esforzaba por ver en algún local médico alguna nueva oportunidad laboral. De rato en rato, maldecía a La Corporación, con la misma fuerza con la que la había vivado en sus comienzos, completando el ciclo que todos los seres dignos recorren al pasar por ese infierno.